Firme Usted Aquí (I)

21/02/2013 § 5 comentarios

“EL DÍA DE LA MARMOTA”  por El Último Romántico
Serie: EN PRIMERA PERSONA

Todo esto que a continuación relataré, querido lector, le ha ocurrido a conocidos de un servidor y ellos, amablemente me lo han contado. Sin embargo, para mejorar la intensidad narrativa, lo contaré como si hubiese sucedido en primera persona.

Corría el año 2008. Me encontraba yo disfrutando de una beca, como premio a mis esfuerzos estudiantiles y con el objetivo en la misma de seguir aumentando mis conocimientos y nivel académico. Dicha beca (LA beca) se llamaba ERASMUS (a muchos les sonará) y la estaba empleando nada menos que en la Isla de Madeira, afamada como todos ustedes saben por sus brillantes investigadores y su Universidad de prestigio, la cual me convenció para elegirla como fuente de conocimientos para ampliar los míos propios (la playa, el clima tropical y el aguardiente más barato que el mismo estiércol, no tuvieron nada que ver).

Cierto día, para descansar de mis arduas tareas académicas decidí salir a despejarme con mis compañeros de estudios a tomar unas inocentes y rápidas cervezas (como cada día durante 6 meses). Aún no me explico cómo, me vi a mi mismo a las 7 y media de la mañana rodeado de los mismos que habíamos empezado la noche, pero con 27 copas encima cada uno y esperando en la cola de la hamburguesería mas asquerosa de toda la isla, para comernos una hamburguesa correosa, que a esas horas te sabe más rica que el sudor de Dios.

Mientras saboreaba aquel exquisito manjar y con mi pedo rondándome, me percaté como a uno de mis compañeros estaba asediándole (literalmente) cierto personaje indeseable, mezcla de yonki barranqueño y el Dioni, pero en portugués, aderezado además con el efecto de alcohol, drogas y dios sabe que más llevaba en el cuerpo aquel hombre.

Al ver a mi “amigo” (valiente cabrón) en apuros sufriendo los insultos y empujones de aquel individuo, salió mi vena de Hermano Mayor (que no se por qué pero me sale muy a menudo cuando ya estoy bastante bolinga) y me levanté decidido a ayudar a mi asustadizo amigo, cual héroe de Marvel defendiendo a la chica de las garras de un monstruoso engendro.

Intenté hablar con semejante espécimen para que se calmara y dejara tranquilo a mi colega, sin embargo, hablar con aquel sujeto era literalmente imposible: el hombre, delgado como una lima y ataviado con una camiseta casposa de tirantes y una gorra roja de lo que debía ser la Caja Rural Portuguesa, llevaba tal boñiga que no se le entendía absolutamente nada. Además mi portugués por aquel entonces era regular y entendía de sus palabras poco más que insultos y demás faltas de respeto a mi persona. Mi colega, astuto como una comadreja, aprovechó mi entrada en escena para escabullirse de allí cual rata cobarde de una forma tan rápida que me dio hasta vértigo, dejándome allí solo ante aquel ser. Me giré para comprobar que el resto de mi grupo también había desaparecido (ten amigos para esto), por lo que en aquel instante estaba como Gary Cooper, solo ante el peligro.

El mismo asedio que le estaba sucediendo anteriormente al cobarde de mi amigo, le sufría ahora yo en mis propias carnes, mientras me arrepentía profundamente de mi decisión de hacerme el héroe.

Nuestro querido y entrañable yonki, el gorrilla, me estaba hinchando los cojones sobremanera con sus improperios hacia mi persona, acompañados de gritos, empujones y algún que otro salivazo propio de la tensión con la que pronunciaba sus balbuceos, sin que yo hubiese hecho absolutamente nada para merecer aquello. En un principio intenté hacerle entrar en razón, con mi portugués ebrio, sin el más mínimo resultado.

Poco a poco, me estaban dando ganas de asesinarle, asique, para que no me metieran en el calabozo isleño (otra vez), decidí darme la vuelta, e irme a casa a ver si ignorándole, desaparecía.

El pollo, lejos de desaparecer, iba detrás de mí, gritándome en la puta oreja y siguiéndome a cada paso que daba. Yo ya pasaba de razonar con él y respondía a sus insultos portugueses con los míos en español (o castellano, como ustedes prefieran), a cada cual más sórdido, visceral y verdulero, lo cual hacía que me siguiera con aún más ahínco. Harto de ese espécimen y de su gorra, me di la vuelta con la furia de mil titanes, dispuesto a estrangularle allí mismo, en medio de la calle, con la hamburguesera como testigo.

Entonces pasó algo que quedó grabado en mi cabeza para siempre.

Una ambulancia a 200 por hora, pasó frente a mis narices (a centímetros) sin que la oyera ni venir, justo por el lugar donde hace solo milésimas de segundo se encontraba el individuo de la gorra al cual me estaba encarando. Como si de unos dibujos animados se tratara, en ese lugar donde se encontraba físicamente aquella persona, ahora solo había una nubecilla de humo y la gorra roja dando vueltas en el aire sin nada bajo ella. La ambulancia lo había embestido cual mosquito veraniego y lo lanzó por los aires como Superman, a una distancia considerable y que todos conocemos como “a tomar por culo”. Lejos de parar a socorrerle como es apropiado para cualquier farruquito, más aún si va a los mandos de una ambulancia, ésta siguió impasible su camino. Los crápulas noctámbulos que allí se encontraban esperando su hamburguesa y que presenciaron la escena, ni se inmutaron y sus caras imperturbables me hicieron reflexionar en aquel momento, si el hecho de que una ambulancia te de un topetazo y te ponga en órbita pudiera ser “típico de la tierra”.

El odio visceral que hasta ese momento había sentido por esa persona (que quería que me dejara tranquilo de una vez, aunque para ello tuviera que ahogarle en alquitrán) se transformo instantáneamente en lástima, al verle en el suelo en posición decúbito supino, después de volar por los aires unos 10 metros en línea recta.

Decidí acercarme para socorrerle (ya que nadie movía ni un dedo) y al aproximarme para ver si ese hombre aún vivía, vi estupefacto (y aquí el surrealismo de la situación llego a su climax), como se levantó, se sacudió el polvo y cogió la gorra roja del suelo, como si no hubiese pasado nada. El topetazo de la ambulancia debió de estropearle su brújula biológica o reiniciar su maltrecho coco, ya que raudo se dirigió a por un pobre infeliz que pasaba por allí y comenzó de nuevo a soltarle improperios y a amargarle la existencia, siguiendo con el mismo discurso que antes había tenido conmigo, y antes con mi cobarde amigo, sin que pareciera que acabara de estar al borde de la muerte, reiniciándose otra vez la historia con otro pobre objetivo al que vejar.

Tal vez ese hombre aún siga ahora mismo atrapado en un bucle interminable de incordios a los viandantes, atropellos, saltos por los aires, resurrecciones y molestias a los transeúntes de nuevo, sin poder escapar de semejante ciclo, como Bill Murray en El Día de la Marmota.

Tal vez eso era lo que trataba de decirme.

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