Genios Y Locos De Los Escaques

24/02/2013 § 3 comentarios

El ajedrez es, junto a las matemáticas y la música, la actividad que más niños prodigio produce. Para hacerse una idea de la complejidad de éste juego, híbrido de deporte, ciencia y arte, basta decir que el número de partidas posibles que se pueden desarrollar en el tablero es mayor al número de átomos que hay en el universo, 10120 por 1080.

 

http://en.wikipedia.org/wiki/Shannon_number

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La relación entre mentes brillantes y actitudes extravagantes ha sido una constante en la historia del ajedrez. En un ensayo titulado de manera magnífica Cómo la vida imita al ajedrez, Gary Kasparov habla de las extrañas fobias contraídas con el tiempo por las leyendas de éste juego. Akiba Rubinstein, por ejemplo, empezó a ser víctima de una timidez patológica. Tras realizar un movimiento, corría a esconderse en un rincón de la sala a esperar la réplica de su adversario.

Bobby Fisher, el americano que acabó con la hegemonía soviética,poseía más coeficiente intelectual que un tal Einstein. A un joven Fisher le preguntaron en una ocasión quién era el jugador más fuerte del mundo. Puso tal cara de asombro que el interlocutor tartamudeó: “Aparte de ti, claro”. Su carrera profesional estuvo repleta de imprevistos, desplantes, abandonos, polémicas, revuelo mediático y político y sobre todo un aura de leyenda que, para bien o para mal, le convirtió en uno de los personajes más emblemáticos del siglo XX.

Fue en el Washington Square Park de Manhattan dónde el propio Fisher empezó Imagea deslumbrar con su preciso juego. Hace ya muchos años que allí se ganan la vida un grupo de jugadores apostando a partidas rápidas o blitz. Entre ellos estuvo un día el director de cine Stanley Kubrick, quién subsistió gracias a esas partidas en un inestable periodo de su vida. De Kubrick se sabe que elegía para sus películas a actores que supiesen jugar al ajedrez, para así soportar mejor los largos tiempos de rodaje.

El actual número uno del mundo, el noruego Magnus Carlsen, ha superado lo que años atrás parecía inalcanzable, el récord histórico de Kasparov de 2851 puntos ELO, y con tan sólo 22 años. Cuando tenía 4 años, Carlsen empezó a leer un libro sobre Noruega y sus pueblos. Al poco tiempo, dejó impresionados a sus padres al ver qué, allá dónde viajaban, el pequeño Magnus conocía, no sólo todos los pueblos, sino su número exacto de habitantes. Con 13 años, en su primer enfrentamiento contra el propio Kasparov, consiguió lo que pocos jugadores de élite podían lograr en aquel momento, hacer tablas . Al día siguiente, en la segunda partida, no pudo evitar la derrota, y  muy cabreado después de la misma exclamó “¡he jugado como un niño!”.

El genial ucraniano Vasili Ivanchuk, cuyo inestable sistema nervioso le ha privado, probablemente, de ser campeón del mundo, contaba durante el último torneo de Gibraltar, Imageuna anécdota que describe a la perfección su particular forma ser. Era el año 1996 y estaba en juego el duro torneo de Las Palmas. Era de noche y al día siguiente le esperaba nada más y nada menos que Anatoli Karpov. Pero eso a Vasili no le preocupaba, tenía otras cosas en la cabeza. Necesitaba saber la forma de hallar que un número fuese divisible por siete, sin tener que realizar la división. Él ya sabía que los matemáticos habían hallado esa fórmula muchos años atrás, pero quería descubrirla por sí mismo. Sobre las cinco de la mañana lo consiguió, ya tenía la dichosa fórmula. Al día siguiente firmaría tablas en una partida que duró seis horas contra uno de los mejores jugadores de todos los tiempos.

En el XXVIII Campeonato del Mundo que en 1978 enfrentó a Karpov y Korchnoi, sucedieron una serie de disparates más cercanos a un sketch de La Hora Chanante que a un Campeonato del Mundo de ajedrez. Se cuenta que se tuvo que poner un tablón separador debajo de la mesa porque se daban patadas. Korchnoi se quejaba de que a Karpov le pasaban mensajes codificados en los yogures que comía durante la partida. Karpov contrató a un parapsicólogo que se sentaba en la primera fila del público, con el fin de mirar fíjamente a Korchnoi y desconcentrarle. A lo que el propio Korchnoi contrarrestó, de manera tan infantil como brillante, poniéndose unas gafas de espejo, en las que Anatoli podía ver reflejado el tablero.

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