Firme Usted Aquí (IV)

14/04/2013 § Deja un comentario

50 SOMBRAS DE SADE (POR LUPANAR)

Pocas mujeres de mi entorno conozco que no hayan sucumbido a las perversiones de Grey y a sus 50 sombras; que más de una me ha confesado que su lectura alegra esos largos trayectos de metro o bus de una manera casi invisible para el resto de humanos. Mis disculpas a las acérrimas, pero desde el primer momento este libro me pareció bastante soso; diálogos poco elaborados, situaciones típicas-tópicas, personajes flojos. También es verdad que no llegué a la parte interesante donde comienzan los azotes y los “oh, nena. Como me pones” ; probablemente mi discurso sería diferente. Pero las modas, modas son. Y ahora por lo visto está de moda que mujeres de todas las condiciones y edades lean este libro sin ningún tipo de pudor, casi como una proclama a una revolución sexual literaria. Incluso, como ya se ha dicho en este foro, este libro ha despertado alguna que otra conciencia dormida: que ellas se merecen a un Grey en su vida y no a su maridín. Por eso, no sucumbir a esta moda para mí hubiera sido como no haber bailado la macarena cuando lo bailaban hasta en Japón o no haber tenido un cutre-grupo de imitación de las Spice Girls con tus amigas del cole (incluyendo a la Spice furcia). Yo también me merezco mi affaire literario.

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Más que por iniciativa propia, el destino puso en mis manos un ejemplar de las mejores novelas eróticas (por llamarlo de alguna manera) de todos los tiempos: “Justine, o los infortunios de la virtud”  (escrita en 1791), del Marqués de Sade, Perdón: el genial, astuto, magnifico, ateo, rebelde y como no, depravado Marqués de Sade, que todavía sigue poniendo patas arriba la conciencia y moral de sus lectores. Encarcelado varias veces por cuestiones políticas y acusado de “desenfreno exagerado” por la Francia del s. XVIII, fue un escritor contracorriente. No olvidemos que en la época de Sade, la disputa sobre los actos y pensamientos morales o inmorales estaba servida. A principios del s. XVIII la sodomía se castigaba con severidad (incluso hoguera), y ya desde el s. XVII la educación moral de las élites y del pueblo llano era una tarea encomendada al clero, que contaba con hordas de confesores que escuchaban los pecados relacionados con la masturbación o la frecuencia de los contactos sexuales en el matrimonio (la familia era el eje sexual de la sociedad).  Lejos de haceros un spolier traicionero de esta obra maestra, mi única intención aquí es que os atreváis a echarle un ojo. Y digo atreváis, porque en ella no vais a encontrar libertinos que sucumben al amor, ni relaciones pasionales, ni personajes entrañables. Vais a encontraros a una protagonista, Thérèse, que está dispuesta a arriesgar su vida y a permitir los actos más inhumanos con tal de preservar su virtud (que lamentablemente no tarda mucho en perder).

Sade expone una ácida y genial crítica al culto por la castidad (y más concretamente la femenina) que se extendía por toda la Europa del XVIII, ya que para Sade, las pasiones humanas (y aquí se incluyen las más bajas) vienen así reguladas de naturaleza; y la naturaleza es ella misma, ajena a todo tipo de norma, ley o condición moral. Por lo tanto, nosotros los humanos, no somos quienes para regular ni la naturaleza ni sus impulsos con nuestras leyes o concepciones morales. Porque él ya lo dijo; son las leyes las culpables de los crímenes, ya que son ellas las que lo estipulan así, cuando la única ley posible debería ser la de la naturaleza. Con este pensamiento, es difícil imaginar a Sade condenando moralmente actos como la masturbación, las orgías, el adulterio, la sodomía o los fustigamientos y ahorcamientos sexuales. Libertinaje en resumidas cuentas. Y todo esto es lo que nos muestra la novela (con todo lujo de detalles para los más interesados). La protagonista se enfrenta a grotescas situaciones de las que no saldrá airosa, y el lector es consciente desde el principio de que si esta chica se hubiera saltado a la torera todos los moralismos y concepciones mojigatas y entregado a la diversión y al desfase absoluto, habría sido la reinona del cotarro. Para Sade todo tiene justificación, siempre y cuando salga de los instintos naturales del hombre; utilizando para ello unos argumentos difíciles de rebatir que van más allá del “pa chulo chulo, mi pir…..”. La conclusión a la que llegué yo después de leer este libro (aparte de que con un poco de picaresca puedes justificar lo injustificable), es que nosotros los humanos (sí, incluso tú que no lees novelas eróticas o te escandalizas con los escarceos amorosos de Gandía Shore o fauna similar), no estamos liberados de nuestros impulsos naturales por muy bajos que sean; porque  tal como confesaba Sade en una carta a su mujer en  1781, éste imaginaba  actos y situaciones y se deleitaba con ellos, que de llegar a cometerlos sería condenado por criminal o asesino. Y surgen las dudas: ¿no hacemos o decimos cosas porque no queremos, o por lo que la gente pueda pensar de nosotros? ¿Esos instintos están reprimidos o es que realmente en ciertas personas no se dan? ¿Cuántas veces nos hemos echado para atrás porque no era lo correcto o mejor aún, nos habían dicho que no era lo correcto? ¿Es moralmente aceptable que estos instintos salgan a la luz?. Todos hemos mentido en alguna ocasión y agachado la cabeza jugando al “yo nunca”. Todos nos hemos imaginado las perversiones más irresistibles con la profe castigadora, el jefe de turno, la compañera de trabajo, el frutero, el vecino del sexto o por qué no, con la madre cañón de nuestro mejor amigo. Como ya nos dijo Sade: “Así pues, si los vicios le sirven: ¿por qué querríamos nosotros resistirnos? ¿Con qué derecho nos empeñaríamos en destruirlos? ¿Y a santo de qué sofocaríamos su voz? Un poco más de filosofía en el mundo no tardaría en ponerlo todo en orden, y haría ver a los magistrados y a los legisladores que los crímenes que censuran y castigan con tanto rigor tienen a veces un grado de utilidad mucho mayor que esas virtudes que predican sin practicarlas ellos mismos y sin recompensarlas jamás”.

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Leedlo. Reflexionad. Decidid. Y si sucumbís al vicio, haced lo que os dé la gana, como hizo Sade.

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