Abulenses a brochazos (1)

17/02/2013 § 3 comentarios

Se llama Manuel. Y decir que es amigo mío sería exagerar, por la sencilla razón de que cada vez que nos vemos nos presentamos por primera vez. Hemos compartido cigarros, conversaciones, piropos para mujeres y cosas menos políticamente correctas que no caben en un blog, pero a pesar de esos momentos, cada vez que nos chocamos (porque literalmente nos damos de bruces) tenemos una especie de “desvirgamiento” de la amistad, ya que nunca me recuerda. Nos vemos siempre en el mismo punto de la capital, junto al Arco del Alcázar, como un barco abandonado, encallado en una playa de piedras centenarias. Danza al son de las notas que hace sonar de una flauta de plástico mohosa, torpe y ebrio al cincuenta por ciento, con sus pequeños ojos entrecerrados y una sonrisa imperturbable, con ese gesto de hombre duro curtido por la vida y el frío.  En cada primer encuentro que tenemos me cuenta algo distinto sobre su pasado: que construía rascacielos en Benidorm, que era representante de la mejor marca farmaceútica del país, que era asesor de un famoso ex presidente del Gobierno natural de por aquí… Trazas coloridas de una vida temblorosa y ebria. En cambio, siempre hay algo que coincide en todas las versiones de su vida, y que seguramente sea el único ápice de verdad de sus historias: Manuela, su afable Manuela, su perra mezcla labrador, mezcla mil leches que le acompaña allá donde va. Siempre presente, discreta y silenciosa, tumbada a su lado, o muy cerca de su manta, donde espera paciente a que mi “amigo” se cisque un whisky en el Barbacana, o se fume lo último de Marruecos tras un árbol, o persiga a las mujeres con la “mirada de amor” que una vez me intentó enseñar sin éxito.

De todas ellas, mi favorita es la historia en la que Manuel estuvo en el frente como soldado y junto a él su valiente Manuela. Por lo visto, la perrilla había acompañado a su amo desde su casa en Ávila, permaneciendo ambos en el campamento español . De pronto, el superior al mando ordena a la brigada, en la que estaban nuestros dos protagonistas, formar para la carga. Así que, como tantas otras veces en momentos de la vida de Manuel, el fiel animal acudió a colocarse junto a su pierna derecha, dispuesta a marchar al mismo paso, sin obedecer las voces que la ordenaba apartarse de allí. Después sonó la corneta (sí, en la historia hay una corneta), empezó la marcha de los soldados de la primera línea y cuando, bajo intenso fuego enemigo, comenzó el caos de la guerra, con las granadas reventando, hombres cayendo por todas partes, estruendo de bombazos y personas destripadas o sin piernas, Manuela siguió corriendo imperturbable, junto a su amo, en línea recta hacia los enemigos.

Ambos regresaron enteros; Manuela , sin un rasguño; herido Manuel por una esquirla de metralla en el cuello. Y ambos, acabada la guerra, regresaron a casa para morir viejos, honrados y veteranos, en su hogar.

Manuel fue la persona que me hizo entender que cuando un buen perro desaparece, un perro noble y valiente, el mundo se torna más oscuro. Más triste y más sucio.

El caso es que  el otro día me volví a encontrar con Manuel, pero esta vez no tuve valor de decirle nada, porque había algo diferente en él. Caminaba más turbado, corroído por algo que le subía desde la tripa, zozobrando entre olas de pensamientos. Su gesto de tipo duro y su sonrisa socarrona habían sido sustituidas por unas inmensas ojeras y un halo de melancolía que se mascaba. Manuel, por primera vez desde que le recuerdo, caminaba solo. Sin su inseparable Manuela. En su cara supe interpretar algo que me dejó mudo.

Y lo que quería contaros a todos, por lo que he escrito este post, es para contaros que acabo de darme cuenta de que tengo un amigo que fue arquitecto sin estrella, representante framaceútico venido a menos, ex asesor presidencial y viejo soldado de primera; un amigo al que se le ha muerto su mitad… y al que no he tenido huevos de dar ni un mísero abrazo.

Algún día, Manuel, te lo prometo, nos tomaremos esa copa recordando la vez en la que le dijiste a aquel político del CDS: “Don Adolfo, así no se ganan unas elecciones”, mientras Manuela se meaba en su alfombra de la Moncloa. Aunque ahora los días se hayan vuelto más oscuros, tristes y sucios.

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